Finito de Córdoba: “El verdadero triunfo ha sido mantenerme fiel a mí mismo”

montoro_oct2015_1El encuentro se produce en el reservado de un restaurante, buscando la intimidad que se necesita para echar la vista atrás. Rebuscar en la memoria, por más que haya una parte de ella que ha estado a los ojos del mundo, siempre resulta un ejercicio complejo. Han pasado veinticinco años por más que Finito, que viste bermudas con una camiseta, no parezca un torero con tantos años en el escalafón. “Si la entrevista hubiera sido hace veinticinco años seguro que hubiese venido en corbata (ríe), yo era muy joven y la visión que tenía del toreo y de la vida estaba en formación, tenía la idea de que la seriedad y el respeto por los valores del toro también iban unidos a una indumentaria clásica. Con el tiempo, uno va formando su personalidad, y sabiendo que esa seriedad y ese respeto son conceptos demasiado grandes como para representarlos sólo con la manera de vestir”, comenta el torero, como intentando justificar su look desenfadado y juvenil.

El 23 de mayo de 1991 es una fecha que quedará siempre marcada en los anales de la Tauromaquia cordobesa. Ese día, un muchacho imberbe que había resucitado el amor por la Fiesta en la ciudad, daba el paso definitivo en su carrera. Atrás quedaría aquella fascinante etapa de novillero en la que había asombrado al mundo, triunfando aquí y allí pero, sobre todo, demostrando una personalidad arrolladora y una manera de entender el toreo antiguo, el de los viejos valores olvidados. Finito acababa con una etapa que había sido muy fructífera y que sólo debía ser el prólogo de la verdadera historia de su toreo. “Recuerdo que las últimas novilladas me sobraron. Ya sabíamos la fecha de la alternativa, todo el mundo estaba pendiente de eso, yo mismo, recuerdo no estar demasiado centrado. Si echo la vista atrás y trato de recordar la sensación que me invade es esa, la de que aquellas novilladas me sobraron”, dice Juan cuando intenta situarse en los albores de aquella tarde de mayo.

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La alternativa de Finito era un acontecimiento tan grande para el mundo del toro que, hasta que se produjo su confirmación, estuvo rodeado de rumores, que muchos resultaron ser ciertos, como el propio torero explica: “es verdad que hubo la posibilidad de irnos a Nimes, que había mucho más dinero, que aquello fue una posibilidad real que manejó mi gente, pero yo tenía claro que iba a ser aquí, no podía ser en ningún otro lugar. Ésta es mi plaza, la que siento como mi casa, ya lo sentía así en el año noventa y uno, era tremendo lo que esta afición me había dado, yo no podía irme a otro sitio a tomar la alternativa”.

En el año noventa y uno, la popularidad de Finito en Córdoba era tal que andar por la calle se convertía en toda una odisea, como recuerda Juan: “Tú debes recordarlo bien, era una cosa tremenda, tenía que evitar estar por la calle, para hacer un trayecto de 100 metros tardaba una hora, el cariño que me mostraba la gente era bárbaro, todo el mundo quería que le firmase un autógrafo, decirme que me seguía, cruzar una palabra conmigo. Y eso que no teníamos los móviles para los selfies, pero daba igual. Todo eso ha ido decayendo, no solo porque sean veinticinco años, sino porque los toreros, en general, nos hemos desconectado un poco de la sociedad. Hoy en día cualquier figurón del toreo puede andar por la calle y si es de los nuevos, mucha gente ni siquiera lo reconocería. Eso habla bastante mal de cómo está el Toreo”.

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  • ¿Qué recuerdas de aquel día, Juan?
  • Pues no mucho, no te creas, ha pasado tanto tiempo, han pasado tantas cosas que al final hay como una especie de nebulosa, en la que a uno le quedan sensaciones, pero pocos detalles. Recuerdo que fui a Galerías Preciados a comprarme unos zapatos y que era mucha la gente que me paraba y me decía “nos vemos esta tarde” y yo pensaba si no estaría toda Córdoba metida en la plaza aquella tarde.

El novillero regresó al Hotel Meliá con unos zapatos nuevos que habría de estrenar siendo ya matador de toros, y montó su capilla con el mismo mimo con el que lo había hecho desde que era un niño y simulaba las corridas en el salón de su casa cuando su padre llegaba de trabajar. Las horas pasaban lentas, “cuando trato de recordar, lo que se me viene a la mente es una sensación de parsimonia, creo que dormí un poco y también que dibujé la faena en mi mente un millón de veces. Sabía qué quería hacerle al toro, esto y esto y esto, y terminar así, es algo que en aquella época solía hacer bastante y que con el tiempo dejé de hacer porque no sirve para nada todo lo que uno pueda pensar, cuando se abre la puerta de chiqueros es un mundo diferente”, afirma el torero.

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Tal vez ni antes ni después tuvo mejor negocio la reventa en la plaza de toros de Córdoba. No estaba toda la ciudad allí metida, como pensó Finito mientras regresaba de Galerías Preciados, pero casi, porque la plaza abigarraba aficionados no sólo en sus localidades, sino también en los pasillos, en las escaleras, en las bocanas de los tendidos. No estaba Córdoba entera pero era casi como si estuviera. “A mí me imponían mucho respeto Ojeda y Manzanares, desde que mi padre me llevaba siendo niño a la Monumental (Barcelona), y yo intentaba tocarles el traje con la mano a los toreros. Aquello me hacía el niño más feliz de la Tierra. Desde aquella época, me imponían mucho respeto, especialmente Ojeda. ¿Quién me iba a decir a mí entonces que me iba a estar dando la alternativa en Córdoba con un lleno de no hay billetes? Ya te digo que era un torero que imponía,  y fue algo que me duró bastante. Hubo una época, al principio de estar yo con Marca, que trataba de evitarlo en los tentaderos. Hasta que poco a poco yo fui haciendo mi rodaje, toreando, y me dije, está bien, ya los conozco, puedo competir con ellos”, cuenta Finito, mientras observa, con la mirada perdida, la foto desteñida del momento en el que el maestro de Sanlúcar le cede los trastos para enfrentarse a Infundioso.

  • Había mucha gente que decía que no podrías repetir los éxitos de novillero con el toro.
  • Bueno, pues me parece a mí que se equivocaron, ¿no? (ríe). Lo cierto es que en aquella época había un pique bastante sano con Chiquilín, había una parte de la afición dividida y bueno, también es normal que se dijeran esas cosas. Sobre todo porque además es una incertidumbre muy grande cuando llega el toro. Son muchos los novilleros que se quedan en el camino.
  • ¿Notaste el cambio al toro?
  • Donde yo noté un cambio fue en la mirada. Soy un torero de mirar mucho a los ojos del toro, de entender su comportamiento por la manera en la que mira, y yo sí noté una mirada más seria, que impresionaba más. Respecto al trapío pues por eso te digo que relativamente, porque ¿qué es el trapío de un toro? Mucha gente confunde ese concepto, hay toros que se lidian en plazas de Primera que asustan menos que novillos que se lidian en algunos sitios, con lo que ese concepto es muy relativo. Ahí yo no noté un salto excesivo.

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  • Pero al principio las cosas no fueron como se esperaban
  • A ver, la exigencia que yo he tenido ha sido siempre muy alta, y es algo que veo de una manera positiva. Triunfé mucho de novillero y la gente esperaba que mantuviese ese ritmo de matador de toros. Tal vez el público no entendía que hacía falta un proceso, un tiempo de adaptación. Y te digo el público pero incluso diría que ocurrió entre mi propia gente. Con todo, apenas dos temporadas después de tomar la alternativa abrí la Puerta Grande de las Ventas y todo cambió de nuevo, volvió a la senda que tal vez todos esperaban.
  • Las expectativas, ahí es donde tantos dicen “si éste hubiera querido”
  • Pero cómo no voy a querer, claro que he querido. El tema es que no he podido (ríe). En serio, lo he dicho muchas veces, esto que se dice de “si hubiera querido” no es verdad, ¿qué torero no quiere? Muchas veces se confunden las cualidades, hay cosas que son incluso incompatibles. Yo he hecho todo lo que he podido, que no es poco: he toreado mucho, he vivido del toro, he triunfado en todas las plazas importantes, tengo el reconocimiento de todos los profesionales, he matado casi 1400 corridas de toros en veinticinco años. ¿Qué más debería haber hecho? Entiendo que haya gente que hubiera querido que yo hubiese hecho más, y lo respeto, pero yo les digo a todos que estoy muy satisfecho, sobre todo de una cosa que no va a aparecer en los libros ni en las estadísticas: de mantenerme fiel a mí mismo. De no traicionar en las malas mi concepto del toreo, porque cuando las cosas no funcionan, es fácil tirar de un recurso para congraciarse con el público. Pero nunca lo he hecho, he tratado de ser fiel a mi toreo porque he entendido que ese es el verdadero triunfo de un torero.

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  • Hace apenas cinco años que estábamos evocando a Gardel con aquello de que veinte años no son nada y fíjate.
  • Yo no me creo que hayan pasado veinticinco años, de verdad te lo digo. Miro atrás y no me lo puedo creer. Pero luego, si te detienes, te das cuenta de que sí, que han pasado, vaya si han pasado. Estoy muy contento y muy orgulloso con todo lo que me ha sucedido, ya te lo he dicho antes. Cuando toreaba con mis hermanos en el salón de mi casa no podíamos ni imaginar que iba a llegar hasta aquí. Si miro atrás, he pasado momentos malos, momentos regulares, pero los más han sido buenos. El toro me lo ha dado todo en la vida, y no hablo solo de lo material, hablo de moldearme como hombre, de llenar mi interior, yo soy torero y me moriré siendo torero, no hay nada en el mundo que me haga más feliz que montar mi muleta y torear despacio.

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  • ¿Matar seis toros en Córdoba era la mejor forma de celebrar el aniversario?
  • Para mí sí. Es una forma de devolver a la gente todo lo que me ha dado en este tiempo, me preparo como si fuera la primera vez, y no es uno de esos tópicos que siempre se dicen en las entrevistas, te lo digo con el corazón. La ilusión que tengo porque la gente vea que sí, que han pasado veinticinco años, pero que conservo la misma ilusión por hacer el toreo que uno tiene dentro. Tengo muchas ganas de que la gente vea cómo esto que digo no son simples palabras, que me siento bien, y que a pesar de que hayan pasado tantos años, no me pesa esa sensación, más bien al contrario. Tengo muchísimas ganas de que todos vean eso, que sigue intacta mi ilusión por este mundo. Ojalá que embistan los toros y que podamos disfrutar.

Finito apura el agua y encara la puerta mientras saluda al camarero amigo, que le transmite ánimos para la corrida del día veintiocho. Él agradece educado, y salimos del restaurante sin que el tumulto se acumule a su alrededor, como ocurría hace veinticinco años, sin que él tenga la sensación de que el sábado en los Califas vaya a estar Córdoba entera. Los tiempos han cambiado, la afición ha cambiado, la sociedad también, pero hay algo que permanece inalterable: su ilusión y su toreo. Dos cosas que siguen siendo hoy igual de grandes que aquel 23 de mayo de hace exactamente un cuarto de siglo, cuando el que está llamado a ser el sexto califa del toreo cordobés, se hizo matador de toros.

José Luis Pineda

Fotos: José Carlos Millán, José Antonio León, Framar y Fidel Arroyo