Finito de Córdoba: Semblanza de un grande

finorondaCuando el 23 de mayo de 1991 Finito de Córdoba hacía el paseíllo en el Coso de Los Califas, flanqueado por Paco Ojeda y Fernando Cepeda, en el día soñado de su alternativa, las esperanzas de la afición cordobesa, ávida de un torero de referencia, se hallaban depositadas en el devenir de la prometedora trayectoria de este joven espada. Sorprendían de él sus maneras, su forma clásica de interpretar el toreo, y llamaba poderosamente la atención la acusada personalidad con la que, a pesar de su juventud, marcaba diferencias, incluso con matadores de mayor oficio.

Esas formas y esa personalidad llenaban de ilusión a los aficionados, pues en apenas tres años, este joven nacido en Sabadell, aunque de raíces cordobesas por los cuatro costados, había revolucionado el panorama taurino, tanto a nivel provincial como regional y nacional, anunciándose y triunfando en numerosas plazas y ferias, dejando en todas ellas el sello de calidad y genuinidad con el que ejecutaba su toreo. Así, desde Málaga a Bilbao, pasando por Madrid, Valencia, Barcelona y por la propia Córdoba, entre las plazas de mayor relevancia, el joven Juan Serrano se posicionaba entre las más firmes promesas del toreo.

Hoy, veinticinco años después de que el maestro Ojeda le cediera los trastos aquella tarde ferial de mayo, Finito de Córdoba forma parte de las páginas de mayor lustre de la historia taurina cordobesa. Eso como poco. Por ello, es de justicia reconocer que, además de pasear el nombre de esta ciudad y su provincia por todo el orbe taurómaco, su dilatada y laureada trayectoria ha hecho que, también, lo haga de forma notable, situando a Córdoba, después de muchos años, en el punto de referencia que siempre tuvo y que ha significado para el toreo.

De esta forma, partiendo desde el citado 23 de mayo del 91, fecha que supuso todo un acontecimiento taurino y social, poniéndose el “No hay Billetes” en las taquillas de “Los Califas”, con gente acampada a sus puertas días antes y una expectación a la que buscar precedente nos lleva a la época en la cumbre de Manuel Benítez “El Cordobés”, hay que señalar que, por encima de cualquier otra consideración, y aunque aquella feria no acabó con el triunfo rotundo y soñado, se certificó lo que antes ya el torero había apuntado. Lo de Finito, si la suerte acompañaba, iba para largo. Córdoba ya tenía lo que buscaba: un torero al que seguir, al que admirar, del que disfrutar y presumir. La historia, que ya se empezaba a escribir, no había hecho más que comenzar.

Sin embargo, y a pesar de que en sus dos primeras temporadas como matador de toros la impronta de su toreo elegante y personal quedaba patente en sus actuaciones, varias de ellas en plazas importantes, se empezaba a achacar a Finito cierta inconsistencia, como si la cosa no terminara de cuajar, sembrándose entre parte de la afición algunas dudas sobre su verdadera dimensión. La respuesta del torero no se hizo esperar, y es en el inolvidable San Isidro del 93 donde se produce el primer punto de inflexión en su carrera.

En la retina, la tarde del 17 mayo, bautizada como “la del agua”, en la que Juan Serrano borda el toreo con capote y muleta ante toros de Mari Carmen Camacho. Solo la espada le cierra la puerta grande, pero el gran impacto causado hace que repita hasta en dos ocasiones más, por la vía de la sustitución, volviendo a rozar un gran triunfo en la primera de ellas – dentro del abono “isidril” – y siendo llevado por fin en volandas camino de la Calle Alcalá en la segunda, el 6 de junio de 1993.

De ahí, a todas las ferias por derecho propio. En figura. Es entonces cuando comienza emerger un torero aún más grande, más largo, más poderoso, más profundo. El toreo de Finito gana en todo, y ello se traduce en una calidad superior, más aún de la que ya poseía. Importante es también el estado anímico en el que se encuentra. Ese punto de ambición, que otras veces ha faltado, se convierte ahora en un valor añadido para afrontar numerosas tardes de responsabilidad y máxima exigencia, tanto en plazas españolas como francesas, donde en esos años consigue triunfar en sus principales escenarios. También, pisa tierras americanas, en las que capítulo aparte merece su confirmación en la Plaza México. Hasta allí, casi medio millar de cordobeses acuden para no perderse ese histórico momento, cuando a priori, ya eran ellos mismos los que estaban haciendo historia, al seguir a su torero por tierra, mar y aire.

Las temporadas del 94 y 95 son completísimas, prácticamente desde Castellón hasta Jaén, con presencia en todas las ferias y plazas de relumbrón, así como en los carteles de máxima categoría. Domingo de Resurrección en Sevilla, Goyesca en Ronda, la Prensa en Madrid. Citas clásicas, fechas reservadas a los mejores en las que Finito de Córdoba se anuncia como lo que es ya por entonces: figura del toreo. Una figura que ratifica plenamente su consideración como tal, al protagonizar actuaciones de importancia con una regularidad inusitada en un torero de su corte.

Tras la temporada del 96, menos intensa, aunque no exenta de picos importantes, como una de las mejores faenas que quien suscribe le recuerda en el Coso de Los Califas, ante un ejemplar de Ana Romero – con permiso de la realizada a “Laborador”, de Cuvillo, el pasado año -, Finito encara el siguiente ejercicio con un notable descenso en el número de festejos, así como en su propia confianza. Mediado el mes de agosto, Juan Serrano pone punto y aparte. Se aleja de los ruedos e inicia la que quizá es su faena más difícil, la de meditar consigo mismo qué camino tomar, qué rumbo poner en un momento en el que los pronósticos más agoreros barruntaban el final de su carrera. Nada más lejos de la realidad.

Nuevamente, Finito de Córdoba vuelve a disipar las dudas. Ese punto y aparte del 97 supone la antesala de lo que, a partir de la temporada 98, serán las páginas posiblemente más brillantes de su trayectoria. Sus mejores años como torero, según él mismo confiesa. Dos temporadas alejado de las citas y plazas importantes son el peaje que paga. Dos temporadas en las que, sin embargo, su ambición sale a relucir. Su toreo brilla entre la polvareda de portátiles y plazas de tercera. Y su sitio, ése que por su gran dimensión debía ocupar en la fiesta, no tarda en volver a ser regido por la excelencia de su toreo.

Así, con la llegada del nuevo milenio, Juan Serrano retoma su lugar. Sevilla se rinde a sus pies en la feria de abril de 2000, donde roza la Puerta del Príncipe, como en al menos dos ocasiones más en su carrera – su gran espina -. Nuevamente arriba, nuevamente en la cumbre, aunque esta vez con la madurez y el poso de una década como matador de toros y un escalón aún más alto en su extraordinaria tauromaquia.

En las temporadas que siguen, entre 2000 y 2005, las mejores de su vida, como antes se ha apuntado, según sus propias palabras, se hace patente un nuevo salto cualitativo en el toreo de Finito. A más en profundidad, a mucho más en largura y a muchísimo más en plasticidad y expresión, siempre con un marcado sello de personalidad, sus faenas alcanzan cotas altísimas cuando el material lo permite, surgiendo también en este punto de su carrera una capacidad lidiadora de mucho nivel  – acompañado siempre de una excepcional cuadrilla -, logrando sacar de los toros lo mejor que llevan dentro, consiguiendo que, en sus manos, algunos parezcan mejores de lo que son. Consecuencia de ello, y sumando todos los factores descritos, varias de sus faenas terminan con el indulto del animal que le cabe en suerte, aunque en este caso la suerte tiene partes iguales para ambos. En más de una veintena de ocasiones sucede este hecho, siendo el uno de los matadores en activo con mayor número de indultos, el primero si nos ceñimos a los producidos en plazas de primera categoría.

Estamos ante la consagración de un gran torero. En el cénit de una progresión que le lleva también a conquistar todas las plazas importantes de América, triunfando con fuerza en México, Lima, Quito, Medellín y Bogotá. Son años en los que dilata el metraje de sus temporadas hasta llegar a superar en algunas, y a rozar en otras, el centenar de actuaciones, consiguiendo, por tanto, y siempre fiel a su concepto clásico y puro del toreo como base fundamental, dejar huella entre los buenos aficionados de todo el mundo, por donde deja bien alta a la Córdoba que lleva en su nombre. Una Córdoba en la que sigue siendo referencia, bandera de su tauromaquia, y sigue acaparando la expectación de sus ferias, donde además de anunciarse con las máximas figuras, como en el resto de plazas, regala una tarde memorable el 29 de mayo de 2004, actuando en solitario ante ejemplares de diversos hierros. Coinciden muchos, afirmándolo además con rotundidad, en que lo de aquel día representa una composición ideal, toda una lección completa, una miscelánea de toreo eterno. Y es que, ciertamente, si hay una palabra para calificar el recital de tauromaquia, indulto incluido, que Juan Serrano ofreció aquella tarde mayo, esta sería “antológica”.

En la última década, el reconocimiento que Finito de Córdoba tiene entre los profesionales del toreo es prácticamente unánime. Su estatus como “Torero de Toreros” es una evidencia, signo inequívoco de la calidad y contenido artístico que han presidido su carrera. De esta forma, y aunque en las últimas temporadas ha reducido de manera considerable sus actuaciones, retomando especialmente en las tres últimas su presencia en ferias y cosos importantes, sigue dejando huella cuando un animal le permite expresarse y mostrar su personal interpretación del toreo.

Con todo, tras un cuarto de siglo y casi mil cuatrocientas corridas toros, es evidente que podemos encontrar luces y sombras, cimas y simas en tan profusa trayectoria. Aunque no menos cierto es que, en la carrera del maestro de El Arrecife, la luz prevalece sobre la sombra, y que más allá incluso de una estadística envidiable, es la aportación que este torero cordobés ha hecho a la tauromaquia, ejecutando el toreo de mayor calidad visto en muchos, muchos años, lo que sin duda le dota del toque de distinción que es cabal reconocerle y por el que con total seguridad pasará a la historia.

Quizá en la actualidad, porque sigue en activo y porque, estamos seguros, no ha dicho aún su última palabra – recordemos las grandes actuaciones que en los últimos años han presenciado los aficionados en plazas como Valencia, Zaragoza, Sevilla, Nimes o Córdoba -, no se le aprecie o reconozca en toda su dimensión. Es lo que siempre le ocurrió a los grandes; aquellos a los que finalmente el tiempo, así como la sosegada y objetiva valoración, situaron en el lugar que merecían. Finito de Córdoba, su obra así lo dicta, es uno de ellos.

 Juan J. Espinosa