Opinión: Como si el ayer fuera siempre

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Un día, al pararse el AVE Madrid-Sevilla en Córdoba, entró Finito en el tren y le dijo Luis Aragonés a Ufarte: “Ya estamos en Córdoba, ahí hay un torero”. Finito iba vestido de calle, como es natural al subirse a un tren, pero el aroma y el semblante de torería es algo tan intrínseco a su ser, que llamó la atención del Sabio de Hortaleza. Luis, que era un gran taurino, se lo contaba a Juan una noche, muchos años después, tratando de expresarle la admiración que sentía por su toreo y por su tierra, mientras blasfemaba por lo bajini de esta juventud “a la que no le gustan los toros”. Es una buena anécdota para ilustrar lo que es Finito, un torero que lo es, como antaño, desde que se levanta hasta que se acuesta, desde que se dormía cuando chiquito con su muleta y su capote a los pies de la cama, hasta ahora, cuando, después de veinticinco años de alternativa y de haber triunfado en todo el universo taurino, sigue soñando que su mejor faena está por hacer.

Finito es un torero atemporal, único, alguien que fue capaz de evolucionar el toreo, que sirve de nexo de unión entre aquel toreo clásico y el toreo profundo actual, con el toro actual, más largo, más hondo, más extenso. Un personaje que es Historia viva de la Tauromaquia, elemental en Córdoba en los últimos treinta años en su identidad taurina. Finito es el torero que ha sabido traer al color el toreo de aquellas postales de blanco y negro, con todo lo que eso representa: personalidad, seriedad, pureza. En tantos años, podríamos recordar muchas faenas que nos hicieron llorar, pero hay algo que está por encima de esos fugaces momentos de felicidad, algo que trasciende a sus triunfos, que han sido muchos, a su arte, que ha sido inabarcable. Es la acusada fidelidad a sí mismo, a su manera clásica de entender los valores de la Tauromaquia. En un mundo de constante cambio, en un mundo en el que no parece tener cabida aquello que requiere pausa, Finito se ha mantenido fiel a sus principios, se ha alejado del ruido, ha sabido siempre esperar, porque el toreo eterno, que es el suyo, viene mecido en los vuelos de una muleta lenta, de esas que saben huir de las prisas, de esas que mandan parar el tiempo.

Ese “por ahí viene un torero” que le dijo Luis a Ufarte y que hace medio siglo podía oírse por cualquier calle de España sigue vigente en Finito, cada vez que enfila un nuevo paseíllo y ves ese cadencioso caminar de mentón agachado que vale el precio de una entrada. Pero también cada vez que anuda los cordones de sus zapatos, o mete la mano en su bolsillo. Finito, veinticinco años después, sigue siendo el mismo torero, sigue emocionando con los mismos viejos valores imperecederos. Ha pasado el tiempo pero no ha cambiado mucho: él sigue actuando como cuando era aquel niño que doblaba con mimo las muletas y toreaba y toreaba en el salón de su casa y nosotros, que lo hemos visto triunfar en todos los sitios habidos y por haber, que nos hemos visto diciendo una y otra vez “no se puede torear mejor” tras una faena suya, seguimos esperándolo como si fuera ayer, como si no hubieran pasado veinticinco años, como si el ayer fuera siempre.

José Luis Pineda

Foto: José Carlos Millán