Puerta de Los Califas para Enrique Ponce

Cayetano obtiene un trofeo

Comenzaba la corrida con un minuto de silencio en recuerdo del banderillero cordobés Cristóbal Alba “Minuto” y del doctor Eugenio Arévalo, muchos años cirujano jefe de la enfermería de esta misma plaza. A la hora del paseíllo, menos de la mitad de los tendidos del Coso de los Califas estaban ocupados y en los corrales esperaba un encierro de Juan Pedro Domecq, que, correcto de presentación sin más, fue noble aunque con escaso fondo, durando el corrido en cuarto lugar algo más.

Enrique Ponce volvía al Coso de los Califas, a lo que es su segunda casa, y anduvo toda la tarde comprometido. Abrió plaza con “Odrezuelo”, al que recibió  a la verónica componiendo la figura y dejando algún momento. El toro, que tardeó en el caballo, recibió los dos puyazos reglamentarios para, con una acertada briega de Mariano de la Viña, dar paso a un segundo tercio aseado.

Inició por bajo la faena para componer inmediatamente un par de tandas en las que fue progresivamente obligando al animal. Poco a poco fue sometiéndolo. Por el pitón izquierdo más en línea recta, ya que el de Juan Pedro Domecq perdía las manos en cuanto le obligaba. Sin embargo, como a Ponce para su tauromaquia le valen todos los toros, éste no iba a ser menos. Con los toques precisos en cada muletazo armó una decorosa faena en la que consiguió, ya en redondo, desmayarse en muletazos más largos. No obstante, no pudo poner feliz epílogo a su obra al no ser atendida la petición de oreja, tras una estocada trasera y caída y un descabello, escuchando un aviso. Saludó desde el tercio.

Lo mejor de su tarde vendría en el cuarto, “Ollero” de nombre, al que recibió sorprendentemente con una larga cambiada en el tercio para luego enjaretarle varias verónicas muy compuestas. Desde el principio, como todas las tardes, mostró su honradez y su compromiso con el público cordobés. No recibió gran castigo en varas, entrando dos veces al caballo. Quitó Ponce por chicuelinas con ajuste, para dar paso a un eficaz Mariano de la Viña con los palos.

Brindó a Finito de Córdoba. Fue faena de compromiso, aprovechando en los compases iniciales la inercia en la embestida del toro, que tenía cierta codicia. En redondo, tratando de encajarse en cada muletazo. Faena basada en el pitón derecho, el más potable del animal, aunque Ponce también realizó probaturas con la zurda. Por ese pitón el animal protestaba más, pero Ponce, a base de insistir, consiguió cierto lucimiento. Volvió al pitón derecho para vaciarse y completar su repertorio, poncinas y bianquina. El público se puso en pie tras una tanda con las rodillas flexionadas que dejó preparado al toro para el momento final. Cuadró al burel y se perfiló para dejar una estocada media, honda, trasera y caída. La petición fue unánime, concediendo pronto el presidente la primera oreja y, ante la insistencia del respetable, la segunda, que creemos fue excesiva, más aún tras la estocada defectuosa. Aún así, Ponce tenía asegurada la Puerta de Los Califas y recorrió el anillo recogiendo el cariño de la afición cordobesa, que lo siente como suyo.

Volvía Finito a su plaza de Los Califas. Anduvo el de El Arrecife muy entonado toda la tarde, aunque no pudo redondearla. Primero frente a “Malasombra”, que le duró poco, muy poco, en la muleta. Fue la poca durabilidad la tónica de la tarde, aunque este segundo duró un suspiro. Antes, Finito le había ido creando una faena despaciosa y con reposo que no pasó de compuesta. Rajado el toro, hubo de entrarle a matar al hilo de las tablas, pinchando en dos ocasiones antes de que su adversario se echara. Recibió una cariñosa ovación.

En el quinto, “Niñería” de nombre, salió el Fino más espoleado tras el triunfo de Enrique Ponce. Se estiró en el capote, aunque no pudimos ver al Finito de hace unos años. A este lo dejó algo más crudo en varas, ya que recibió dos picotazos en sendos encuentros con los caballos.  No pasó de discreto el segundo tercio para, una vez brindada al cielo la faena, iniciarla por alto. Nuevamente de forma despaciosa, poco a poco trató de meter en la talega al astado. Con la zurda se desplazaba algo menos y tras las probaturas por este pitón y al volver a la diestra, el animal ya pegaba un tornillazo al finalizar el muletazo. Porfió Finito y acortó distancias en una tauromaquia que, no siendo la suya,  pretendió justificar y demostrar su compromiso. La faena no tomó el vuelo que todos deseaban. Mal nuevamente con la espada, tras dos pinchazos y una estocada baja tendida, el premio quedó reducido a un nuevo saludo desde el tercio. No pudo ser.

Cayetano anduvo toda la tarde muy entonado. Variado con el capote intentó siempre agradar interviniendo en los quites que le correspondían. Con su primero, “Moyau”, quizá le costó concentrar las distancias, pero una vez lo consiguió, el animal se venía con cierta alegría a los engaños. Fue faena larga, de muchos muletazos, de entre los cuales hubo algunos meritorios. Sin embargo, falló a espadas. Metisaca, media trasera y tendida y el toro se echó. Saludó una ovación.

Con el sexto bis, un sobrero de Parladé de nombre “Noctámbulo”, conectó con el público como, por otra parte, había ocurrido durante toda su intervención. Disposición y entrega no le faltaron al menor de los Rivera para componer una faena que vino a culminar una tarde suficiente. El animal iba y venía, sin codicia pero sí posibilitando que Cayetano expresara su tauromaquia que, si bien no es excesivamente larga, sí que es en ocasiones lucida. Faena aseada y, como a este lo mató de forma certera con una estocada, a sus manos fue a parar la oreja.

 

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Córdoba. Tercera de abono. Menos de media entrada.

Toros de Juan Pedro Domecq y un sobrero (6º) de Parladé. Correctos de presentación, nobles aunque con escaso fondo en general. El cuarto tuvo mayor duración. Al arrastre: pitos, pitos, pitos, ovación, pitos y palmas.

Enrique Ponce: Ovación tras aviso y dos orejas.

Finito de Córdoba: Ovación y ovación.

Cayetano: Ovación y oreja.

Se guardó un minuto de silencio en memoria del banderillero Cristóbal Molina “Minuto” y del doctor Eugenio Arévalo.

Rafael Sánchez Pineda

Fotos: José Carlos Millán