¿Un museo sin alma?

1Con la ilusión de un niño pequeño enfilé la calle de los Judíos desde la Puerta de Almodóvar. Despacio, sin prisas, como el que no quiere que termine ese momento.

Una breve parada en la plaza de Tiberiades y al momento, ahí estaba. Me encontraba ya frente a la fachada luminosa y clara de la antigua Casa de las Bulas.

Sentí una grata sensación cuando, ya en el patio de acceso, me dirigía a la puerta. Casi sin querer, se me fue la vista hacia las pequeñas escaleritas por donde antiguamente se accedía al recinto, lugar donde se ubicará la futura tienda.

Una vez dentro, todo es completamente distinto. Quien vaya a comparar el museo antiguo y el actual se equivoca de plano. Sinceramente, yo ya llevaba la idea más o menos hecha de lo que iba a ver. Iba casi predispuesto a la crítica negativa. Pero me sorprendí a mí mismo

El nuevo museo puede, efectivamente, que se parezca a un stand de feria comercial, también puede ser que los elementos multimedia aún no estén plenamente identificados con un arte con tantos siglos de vida. Sin lugar a dudas, es verdad que se pierde ese puntito de clasicismo que conservaba el recinto hasta su remodelación. Pero todo cambio ha de tener una vertiente positiva.

Al aficionado taurino, este museo puede que se le quede corto. Pero, sin embargo, entiendo que cumple una función primordial. Actualmente es mucho más divulgativo. Se explica la naturaleza del toro, los actuantes en la plaza, los distintos tercios… Hay un por qué detrás de cada cuadro, cada video, cada pantalla…

Para el neófito es tremendamente interesante. Saldrá de la visita con una visión clara de lo que acontece una tarde de toros. Las dos salas de proyecciones, a través de novedosos sistemas con amplísimas pantallas, alumbran videos muy elaborados en los que se va aportando información muy fácil de digerir. Llamativa es la sala circular, con imágenes muy atractivas a un tamaño al que no estamos acostumbrados.

Se echa de menos la copia del mausoleo de Manolete, su despacho, más vestidos, más cabezas de toro, la cabeza de la Bordó… Sí, es verdad. Aún así,  la sala de exposiciones temporales nace con la función de albergar estos elementos que literalmente no caben en el nuevo edificio. Pero también es verdad que lo que está expuesto lo está con muchísima más dignidad que lo estaba anteriormente.

Mi visión pues, del conjunto, es eminentemente positiva. Con matices, claro, pero positiva. Que todo se puede mejorar está claro, pero en los tiempos que corren, los aficionados debemos abanderarlo, mimarlo y hacerlo de cada uno para que cada vez sea más grande.

Así y sólo así, podremos conseguir que el de Córdoba sea un claro ejemplo para otras instalaciones de la misma clase. Seríamos por una vez referentes en la innovación.

Referentes en la innovación y, por qué no, en el turismo de nuestra ciudad, porque no olvidemos que el potencial del nuevo museo es grandísimo y en todos nosotros está, de una forma u otra,  que los visitantes disfruten con lo que nuestros ancestros lograron en los ruedos.

De momento puede ser un museo sin alma, aunque el futuro, que siempre es sabio, dictará su sentencia.

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Texto: Rafael Sánchez Pineda

Fotos: José Carlos Millán